Pues el cartel que circulé por ahí era este que se ve a su izquierda. El pasado 24 de Marzo del 2010, por ahí de las 19.30 el italiano Francesco Giaveri, la madrileña Raquel Sánchez-Reizabal (que cumplía años ese mismo día), el defeño Noé Sotelo y yo ya estábamos en la mesa principal, junto a Jaime del Arenal, Consejero Cultural y Director del Instituto de México en España, de la Embajada de México, a quien le doy las gracias, igualmente que a Francisco Robles, Coordinador de Humanidades de la misma embajada, por haberme recibido tan bien y haber hecho posible la presentación de El Leviatán o la diosa de la lujuria. Novela que escribí entre abril y julio del año 2007 en la Ciudad de México y Morelia. No es mi primer intento de novela pero sí el único que he terminado hasta la fecha. Cuando tuve terminado el primer borrador (y que ya contenía la mayor parte del resultado final) pasó por los ojos, las recomendaciones y correcciones del poeta (y mi padrino literario) Gaspar Aguilera Díaz, y de uno de mis mejores amigos y crítico literario, Édgar Antonio Robles Ortiz, quien, además, escribió el prólogo de la obra. Entre unas cosas y otras, la versión final de la novela cayó en manos del Colectivo Artístico Morelia A. C. que la publicó.
Como es una editorial muy pequeña ha sido una distribución menor y complicada, pero, por suerte, ya casi acabo con todo el tiraje y ya estoy pensando en atacar con una segunda edición que, adelanto, llevará ilustraciones de distintos ilustradores, principalmente amigos, porque me gusta trabajar con gente cercana y porque creo que esta novela en particular tiene pasajes muy visuales, que con la incursión de ilustraciones de distintos tipos le añadiría aún más fuerza emotiva al texto. No saldrá pronto la segunda edición, me temo. Primero tengo que encontrar quién se anime a lanzar el proyecto y necesito dinero para pagarle a mis ilustradores. Pero todo llega.

Mientras tanto estoy enfrascado en mi segundo proyecto literario, Las Colonias, trabajo que me llevará algunos años en finalizar. Antes estoy contemplando, porque Las Colonias tardará bastante en ver la luz, la publicación de una pequeña antología con algunos de mis relatos breves. Trataré de ser paciente y de encontrar la mejor opción para lanzar estos proyectos.

Aquel día de la presentación de la novela Francesco y Raquel llevaron textos escritos que le leyeron a los asistentes. Ahí fue donde se me ocurrió hacer una entrada en el blog para que quienes no fueron a la presentación y se quedaron con ganas pudieran empaparse un poco con algo de lo que se dijo aquella tarde. Noé y yo, como buenos mexicanos, improvisamos sobre puntos generales que ya habíamos pensado previamente, así que lo que se dijo de nuestra parte quedará ya para siempre siendo parte del aire...

Repoduzco a continuación los textos tal cual se leyeron, en el orden verdadero, e introduzco de cuando en cuando algunas fotografías, que se tomaron por Estrella Checa y por Radost. Si no han leído la novela pero piensan hacerlo algún día pues será mejor que se brinquen esta parte porque se revelan algunas cosas de la trama o de los recursos utilizados... o hagan lo que quieran, yo sólo les advierto. Yo soy de esos que nunca nunca nunca leen una sipnosis de películas o libros antes verlas/leerlos porque siento que me estropean la experiencia, por eso lo digo.
Francesco Giaveri:
EL LEVIATÁN O LA DIOSA DE LA LUJURÍA
Uno de los problemas de orden teológico que preocupan al protagonista de Molloy de Samuel Beckett es el siguiente:
¿Y si la misa de los muertos se dijera por los vivos?
La primera novela de Francisco Negrete, de alguna manera, propone el mismo interrogante.
Podría ser, en efecto, que los vivos no quieran desprenderse de los difuntos, olvidarlos, ya que ésta sería su muerte definitiva. Otra cosa es creer que los muertos añoren recordarnos…
Francisco quiere narrar la historia de un amor que nunca existió, que hubiera sido posible, pero que nunca tuvo lugar, y existe en una dimensión virtual, onírica. Y lo hace por los vivos.
La novela de Francisco trata de un exilio voluntario, la huída de su ciudad natal, Morelia, para conocerse mejor. Se desplaza al Distrito Federal, mejor dicho el Distrito Freyeral, como lo rebautiza el protagonista. Freyeral de Freya, la diosa de la lujuria, la chica que rechazó a nuestro protagonista y lo hundió en una melancolía sin consuelo. Freya es una presencia fantasmal, quizá algo más: un vacío estorbante y empalagoso. Esta ausencia aplasta, aturde el cuerpo y el espíritu del protagonista, que por nuestra comodidad vamos a llamar Pancho, y cuyo nombre completo, como se revela en un paso de la novela, ustedes podrán hallar en la portada de El Leviatán o la diosa de la lujuria, con prólogo y todo por cierto.
Freya o el vacío que
no tiene el buen gusto de quitarse de en medio y dejar que la ironía y la curiosidad del narrador campeen a sus anchas por las páginas de este librito, obra prima de un escritor que no tiene miedo a enfrentarse con un tema tan literario y musical como es la desilusión amorosa.
Puede que Pancho paseara por las calles del D.F. buscando sus futuras calles madrileñas: Melancolía o del desengaño.
Guardando en el bolsillo un pasaje de sólo ida para Madrid, creyó oportuno echar cuentas con su entorno. En la misma novela de Beckett, a la que nos hemos referidos hace poco, Molloy afirma, atinadamente, que detenerse es el único modo de poder avanzar. Además hay que sufrir, y bastante, para darse cuenta que hasta desde el fondo de un pozo es posible levantar, poco a poco, la cabeza y quedarse asombrado por la hermosura del cielo, o de la luna, por si esto pasara durante la noche.
Volviendo un momento a la necesidad de detenerse y mirar alrededor antes de avanzar, cabe decir que esta necesidad invade la novela. Frente a una sustancial inmadurez emotiva (¿pero quién puede decir qué es sabio en lo que al amor atañe?), sorprende la capacidad de instrospección y descripción de las cosas que son humanas, inclusive demasiad
o humanas, que el protagonista encuentra en un amigo, en la familia de éste y en sus compañeros de piso.
Justamente para esto sirve el detenimiento, a mirar alrededor, muy conscientes que lo que vemos no es realmente lo que nos rodea, sino una proyección de nuestro estado anímico que dirige la mirada.
Sombras, reflejos y espectros bailan, se agitan y los confundimos por lo que no pueden ser.
Y observamos una y otra vez, porque es bien sabido, como diría Antonioni, que hoy en día los ojos están muy de moda.
Despertarse del sueño y agudizar los sentidos antes que nada, y luego enterarse del velo que se interpone entre nosotros y la realidad. A este velo tranquilamente le podemos llamar nuestra visión.
El humor de Pancho hundido en el spleen resulta propicio para deambulaciones callejeras. Un flaneur que pasea por las calles del Distrito Freyeral sin rumbo, guiado sólo por la curiosidad de los ojos.
El deseo enciende la visión. Piensa constantemente en ELLA, este vacío omnipresente llega a concretarse, pero es sólo otra ilusión, otra virtualidad.
En un período en que los ojos están muy de moda, nos encontramos en este texto con palabras q
ue saben narrar y describir. No sólo imágenes, sino también olores y sobre todo sonidos. Un concierto constante nos lleva de la mano en este relato. Nunca hay silencio, porque es demasiado cercano al vacío del que el protagonista quiere desprenderse, aunque no sabe cómo.
Las palabras no nos abandonan nunca. En principio fue el verbo, un sonido rompió el silencio y las palabras empezaron a fluir y entre sus dedos, la vida. Mientras haya palabras habrá una salida, nos quedará una esperanza.
Y de esto parece estar convencido el protagonista, que en un tejado oscuro no renuncia a su existencia, y decide que, por el momento, no saldrá de escena con un disparo, porque hay que seguir narrando, hay que seguir contando historias.
Creo que la necesidad de escribir define al escritor. Uno es escritor porque no puede hacer otra cosa que meter una palabra atrás de otra y seguir relatando. El pintor pinta una y otra vez un sólo cuadro, con diferencias y repeticiones, como Frenhofer, anhelando a realizar LA obra, un obra definitiva.
El arte se nutre de las manías y de las obsesiones de los artistas. Hacer y volver a hacer. Acabar sólo para volver a empezar de nuevo. Plasmando una pequeña parte del mundo fenoménico, con mucho esfuerzo, en un lienzo o en una página.
Cézanne se identificaba con Frenhofer, el protagonista de la novela de Balzac, en innumerables lienzos trató de plasmar la silueta de la montaña de Saint Victoire, consciente de la imposibilidad de lograr la perfección. Alberto Giacometti en sus escritos habla de su obsesión, votada al fracaso, de lograr esculpir una cabeza que representara todas las cabezas. De la eterna pugna entre los detalles y la totalidad del conjunto. Una poesía de Richard Wilbur bien describe la aspiración del escultor suizo y de la que quiero compartir unos versos con ustedes:
El rostro este rostro
Está todos los rostros olvidados de la calle,
Reunidos en uno solo, anónimo y solitario
Ni príncipe ni Leviatán, está hecho
De infinitos adioses…
Lo que deja el adiós
es un silencio, un vacío que el artista trata de llenar de obras que no son otras cosas que la materialización de una manía, la obsesión de querer alcanzar su propia visión, desprenderse del velo y poder comprender las cosas como realmente son.
¿Por qué el verdadero artista sigue ejerciendo su obsesión incluso cuando es consciente de que le espera un rotundo fracaso?
En la obra de Beckett, Fin de Partida, Clov se pregunta “¿por qué sigo aquí?” A lo que Ham contesta: “Por el diálogo”
Por el diálogo o por la experiencia del diálogo, porque podemos medir las cosas, pero la percepción de las mismas, sólo podemos experimentarla. La visión implica una interacción entre yo y el mundo, o si prefieren, entre un yo y un mundo
Así pues, el protagonista de la novela de Francisco, también hace frente a la desesperación, encontrando su salida en la literatura, en escribir. En el escenario vacío de nuestras existencias, hay que descubrir que la verdad está tras un muro que lleva encima vidrios rotos. Sin embargo, hay que seguir subiendo la pared para poder mirar lo que está más allá de las apariencias rancias y sosas.
“Qué bueno que sueño con cosas que no quiero olvidar” escribe Francisco. Hacer de los hechos sueños, captar la experiencia fugaz de la visión, de una historia de amor que no ha sido, pero que hubiera podido ser y de la que, se cuentan aquí las ruinas, las cenizas. Las ruinas de una relación que nunca empezó como en Deseando Amar de Wong –Kar Wai. El antropólogo francés, Marc Augé escribió sobre esta película:
“La virtualidad del amor se contempla de lejos, en el momento en que, convertida en ruina, deja de ser una virtualidad.”
Pero ya estamos a la espera de otra novela, Las Colonias, porque su autor cruzó el charco, vive en Madrid y después de este pasaje repleto de escaparates un poco chillones que es su primera obra, está escribiendo la siguiente, ejerciendo su obsesión, quizá su oficio. Después de haberse detenido un momento y antes de avanzar, debe haber pensado algo parecido a lo que escribe Samuel Beckett en Textos para nada:
“Allí es donde iré, si puedo ir, ése es quien seré, si puedo serlo.”
Y para terminar, permitidme compartir otro fragmento de diálogo de Fin de Partida, aquel en el que Hamm pregunta qué está haciendo su padre, el cual se encuentra encerrado en un cubo de basura, Clov le contesta: “está gritando”, y Hamm replica
“entonces está vivo…”

Raquel Sánchez-Reizabal:
Una explicación titular de la obra:
Desde el título de la obra: El Leviatán o la diosa de la lujuria, ya podemos observar los dos ejes sobre los que va a girar la novela. Leviatán hace referencia a un monstruo marino en forma de serpiente, dragón o cocodrilo que vive en el mar. En palabras de Jung este tipo de monstruos so
n una “masa de libido incestuosa”. Es un monstruo acuático del Antiguo Testamento feminizado (El dragón, en el Apocalipsis está vinculado a la Gran Pecadora) que representa el monstruo de las aguas mortuorias. El Dragón es el arquetipo de la bestia, de la noche y del agua combinadas. Y como tal, el agua y la noche están relacionadas con la muerte. En la novela la muerte es protagonista junto con el narrador de la obra. Leviatán, es igual a destrucción y muerte.
Combinado con el Leviatán por una disyunción que aparentemente podría indicar una diferencia, nos confirma una vez más la temática de la obra. La diosa de la lujuria, es la diosa del amor, la belleza y la fertilidad por excelencia prácticamente en cualquier mitología; pero también está asociada a la muerte, la guerra y la magia. La diosa de la lujuria: es amor y deseo.
El título se podría sintetizar en otro: La Destrucción o el amor. Y desde ahí plantear la reflexión de la novela. Son dos caminos diferentes o bien ¿son dos caras de la misma moneda y la existencia de uno alimenta la existencia del otro?
Ambos personajes mitológicos son resaltados por su exuberancia y exceso; rasgo por el que también fueron “condenados”. La lujuria es el exceso de deseo sexual y Leviatán posee un poder descomunal. En este último aspecto se enlaza la nota previa de Thomas Hobbes al comienzo de la novela: “Mediante el Arte se crea ese gran Leviatán que se llama república o Estado, y que no es sino un hombre artificial, aunque de estatura y fuerza superiores a las del natural, para cuya protección y defensa fue pensado”. Aquí Hobbes está hablando de la creación de un hombre “artificial”: una organización político-social y territorial para la protección y defensa de un conjunto de hombres, por parte de un hombre “natural”. Es interesante resaltar que la creación se
lleva a cabo mediante el Arte; por lo tanto es una proyección, una invención que a veces es tan poderosa que acaba engullendo al hombre que la creó. Y aunque su objetivo inicial es el de proteger al hombre, en muchos casos acaba consiguiendo todo lo contrario, destruyéndolos. Sería una metáfora de la Ciudad en la que se desarrolla la obra: El Distrito Federal, México (gran protagonista): que aparece en las primeras líneas de la novela con la siguiente descripción: “Algunos lloraban porque fue un acto lo suficientemente conmovedor como para cristalizar los corazones de los insensibles y poco expresivos defeños: condicionados a ir en automático. Este monstruo, este Leviatán llamado Distrito Federal subleva a los capitalinos. Ni si quiera piden piedad, al contrario, se unen a la causa”. (p. 13)
Primera identificación de Leviatán con el Distrito Federal. El acto que se menciona es la muerte de un chico. Primera asociación del Leviatán-Defeño con la destrucción y la muerte.
El narrador se encuentra en el D.F. por voluntad propia. Es un viaje. Todo viaje es sinónimo de iniciación y de aprendizaje. El protagonista lo define como un auto-exilio para olvidar un rechazo amoroso: “Habría miles de razones para estar aquí y la más grande y dolorosa es ELLA”. (p. 16) Podemos desprender de esta frase que el amor-desamor es el motor de la historia. Sin embargo, más allá de la cuestión amorosa, el viaje es un acto desesperado de enfrentar la soledad que azota al personaje y que dicho rechazo no hace sino evidenciar aún más. Es decir, el amor sería un remedio para combatir la soledad. La soledad entendida como incomprensión. Comprender el mundo y ser comprendido, es a lo que aspira el ser humano desde el momento en que es consciente de su mortalidad y por lo tanto del devenir del tiempo, hechos que le provocan temor. Una lectura posible del amor es la de compartir la soledad, para intentar comprenderla. Y esto se entronca con la idea de sentido. La existencia,
gracias al amor, adquiere un sentido y proporciona valentía para superar el miedo a la muerte: “ (...) ELLA, con sólo verla puedo estar seguro, no es un enamoramiento común, se ha metido en mi consciencia e inconsciencia, se ha convertido en mi motivo favorito para escribir, despertar, soñar dormido y despierto, caminar, respirar y muchas otras cosas más, pero sobre todo para soportar el coraje de seguir vivo en un mundo totalmente horrendo e injusto y que no lo puede remediar, porque cambiar el mundo es imposible y morir no es tan sencillo, se ocupan tamaños y a mí me hace falta valor, soy un cobarde. Pero con ELLA a un lado, ni la vida ni la muerte realmente importarían, se lo dejaría al mal albedrío de dios”. (pp. 18 y 19)
Y el protagonista elige una ciudad muy especial a la que dota de significado desde el principio con el caos y la destrucción por su inmenso poder que escapa a cualquier control : “El D.F. siempre me ha servido como catarsis”. (p. 17) Sin embargo, no es únicamente por su efecto purificador por el que el protagonista elige el D.F.; ELLA, como buena representante de la diosa de la lujuria, es hija del Leviatán-Defeño: “Resulta paradójico que escapé de donde yo soy oriundo al lugar de donde ELLA lo es.” (p. 17)
Primera relación entre Leviatán y la diosa de la lujuria. No es la única que se da en la novela y de hecho hay otra que es mucho más reveladora: “Todo lo r
elacionaba con ELLA, incluso el nombre de la capital, que rebauticé como Distrito Freyeral”. (p. 78) Freya, en la mitología nórdica y germana es la diosa de la lujuria. Es muy interesante que el final de la novela se cierre con ELLA, como el principio de la obra abría con el Leviatán-Defeño.
La novela da cuenta de este viaje. Comenzar a leer es seguir el viaje del protagonista desde el principio hasta el final que es también el límite temporal de la novela. Es un viaje físico (hay un cambio de espacio y movimiento), pero también es un viaje interior. El protagonista escapa de Morelia, ciudad donde vive ELLA: este sería el viaje físico y
viaja al D.F. para purgar la soledad (viaje interior). Aquí es donde cobra sentido la relación entre la ciudad y ELLA. El protagonista de alguna manera busca refugio a esta angustia que siente en una ciudad catártica, en palabras del propio personaje, que libere su pasión. Sin embargo, la ciudad escapa a su propio control y peca de exceso y más allá de aliviarlo, lo engulle en su caótico orden. A lo largo de la novela la muerte es un personaje silencioso que arrasa la ciudad sin motivo. Paralelamente el amor-desamor va destruyendo al personaje que busca distracción en la música, las drogas o el sexo para: “no pensar en esa única mujer en la que sólo podía pensar”. (p. 21)
¿Destrucción o amor? ¿Acaso no nos plantea esta novela que son la misma cosa? El exceso de deseo destruye y un poder descomunal también destruye. La exuberancia no tiene control.
Pero el protagonista como Hobbes, proyecta desde el Arte su protección y defensa ante las pasiones que lo devoran intentando darles un orden, un sentido. La literatura como catarsis, como liberación. La novela se convierte en el último viaje de esta historia: “No... no puedo, no puedo...” pensé, “todavía tengo que acabar con la novela. Después de eso soy hombre libre”. (p. 67)

Luego nos tomamos una chelita ahí mismo para inmediatamente después trasladarnos a La Violeta, bar único en Madrid. Allí estuvimos de cañas, intercambiamos impresiones de la tarde, festejamos el cumple de Raquel, sacaron la tarta, el tequila, las quesadillas...
Y nos emborrachamos y que el ji ji ji y que el ja ja ja.
De nuevo, muchas gracias a la Embajada de México, a los participantes, a los asistentes, a las fotógrafas del día, a Pablo Araoz por siempre recibirnos tan bien en el bar, a todos los que desde lejos me mandaron buenas vibraciones, y a quienes han tenido fe en mí.
Las fotografías finales, en La Violeta:


¡Octagón!







